LLANTO INMINENTE.

Hay algo que cada vez aguanto menos. Escuchar el llanto de niños pidiendo, reclamando una atención, digamos que a mis manera de verlo, innecesaria.

Entiendo que eso de innecesaria es mi opinión, que si cada vez que un niño reclama atención es por algo y es bueno atender esa necesidad. Me refiero al reclamo de una necesidad que en realidad es anterior a la situación en sí que se está dando.

Vamos a ver, que si el niño reclama atención chillando por una bolsa de patatas en el supermercado, no soy tan necia como para no entender que bajo ese reclamo subyace otra necesidad que nada tiene que ver con las patatas. Lo que digo es que entiendo que no siempre nos es posible solucionar esas necesidades subyacentes, que cada uno lleva lo mejor que puede sus batallas.

En el fondo reconozco que me quedo en la superficie de la situación. Comprendo que son batallas de cada uno y no las juzgo. Lo siento si juzgo que, en ese momento, en el supermercado yo NO QUIERO ESCUCHAR LLANTINAS.

No quiero, no tengo porqué aguantarlas, me molestan.

Y como eso me molesta me hace reflexionar. Yo no voy lloriqueando por todas partes. Y créeme, a veces me gustaría. Muchas veces llevo el llanto inminente en la garganta, se me sale de los ojos, cae por la nariz, pesa en el caminar. Pero si, me lo aguanto.

No voy lloriqueando por ahí.

Mi llanto inminente me lo guardo.

Sé que es un estado temporal. Son días de llantos que se agolpan para salir, buscan cualquier excusa. Inesperados. Y aún así, buscan intimidad.

Expresar lo que sientes, a mi modo de ver, requiere reflexión, intimidad y confianza. Soltarlo al aire, airearlo se me antoja darle poca importancia, que da igual quien lo recoja, si lo cuida o lo manipula, si se ríe de ello…

Expresar mi dolor requiere que sea recogido por quien lo vaya a cuidar.

Yo me cuido.

Te cuido.

«Todo el mundo ve. todo el mundo oye, todo el mundo se cree que sabe, pero nadie pregunta, nadie se detiene a comprender» – Lucía Hormigo –

Estoy aquí para ti. Tienes voz. Te escucho lento.